martes, enero 24, 2006

Malos tratos a mujeres


Yacía tendida en el suelo, con toda su ropa rasgada, desde el suéter hasta los pantalones vaqueros que se había comprado la semana pasada en liquidación.
Le corría un breve hilo de sangre por toda su cara dulce y bonita, que partía desde el orificio derecho de su nariz hasta el labio inferior, ahora hinchado, ya que también había sufrido los golpes de su agresor.
Le dolía todo el cuerpo y no recordaba nada desde antes de la discusión. No sabía si tenía algún hueso roto o era simplemente imaginaciones suyas, debido a que tenía un dolor intenso en su cadera derecha y el brazo izquierdo apenas lo sentía.
Era joven y muy hermosa, como para creer que alguien le pudiera agredir de esa manera. No era la primera vez que le ocurría, por lo menos sería la tercera agresión que sufría en tan solo tres meses. Pero nunca pensó en que iba a llegar un día en que casi la llegara a matar de una paliza.
Estaban casados desde hace diez años, se casó por la iglesia y parecía muy enamorada.
Pero desde hace tres años todo había cambiado. Su marido era el dueño de unos grandes almacenes que hasta hace poco iban relativamente bien. Vivían en una casa de dos plantas y con jardín. Por desgracia o por gracia no tuvieron niños, aunque sí que ella tuvo dos abortos al año y medio de casarse. Consecuencia que no marcó en demasía su vida personal.
Aparentemente se llevaban muy bien y era un matrimonio normal con sus más y sus menos.
Pero todo cambió cuando la empresa de su marido y por motivos ajenos a él, empezó a caer en picado.
Tuvieron que recortar infinidad de cosas, como el vestir, viajar, comida, etc... Que a la larga repercutieron negativamente en el matrimonio y de manera muy intensa.
Él intentó mantener el negocio hasta sus últimas consecuencias, perdiendo absolutamente todo hasta tal punto que se refugió en la bebida.
Ella seguía siendo la misma, tan guapa y atractiva como siempre, manteniendo su elegancia y sus dotes de dignidad y seguridad, pero tuvo que ponerse a trabajar para poder sacar adelante el matrimonio, debido a que su marido era incapaz de hacerlo.
La situación duró cerca de un año y medio hasta que empezaron las primeras agresiones.
Recordaba, no hace mucho tiempo, que tras llegar de trabajar, él la estaba esperando en el salón con un vaso de whisky en la mano y en unas condiciones ebrias bastante importantes.
Quiso forzarla una y otra vez hasta que en un forcejeo él le asestó varios golpes con el vaso de whisky, hasta abrirle dos brechas en la cabeza.
Ella, a pesar de las agresiones que sufría, le quería, y alargaba la situación hasta hoy, que ya no pudo más.
Con rotura de cadera por tres partes y moratones alrededor de todo su cuerpo, fue ingresada en el hospital más cercano de la ciudad.
La denuncia tuvo su efecto, y al cabo de horas su marido fue detenido y obligado a no acercarse a menos de cincuenta metros de distancia de su mujer.
Al menos ella recobró su libertad, después de unos años de infelicidad.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es el pan nuestro de cada día y ahora desgraciadamente mas, cuando en otras culturas que cohabitan con la nuestra el respeto a la mujer no existe.

gfernandezdi dijo...

Es un gran problema que existe en España con la violencia de género,las penas draconeanas no han mejorado mayormente la situación de miles de mujeres en peligro. Una vez más, para erradicar este problema hay que hacer énfasis en la educación y en la concientización de la población respecto a este flagelo que es la violencia doméstica. Las estadísticas en España demuestran que la mayoría de los agresores son españoles y no extranjeros. También se soslaya el tema de que la violencia doméstica es un fenómeno que victimiza a personas de ambos sexos, debemos pensar en niños y ancianos sufriendo malos tratos gravísimos. Es necesario tener presente que la violencia psicológica es una manifestación importante de aquella y que estadísticas internacionales destacan que lamentablemente las mujeres cometen frecuentemente abusos de esta índole. La protección debe ser global y la ley debe proteger en igualdad de condiciones a todo aquel que se encuentre necesitado.