miércoles, diciembre 14, 2005

Reencuentro con la pasion


Eran las seis y cuatro minutos de la tarde, le quedaban tres horas aproximadamente para la cita.
Francesca era italiana y de una buena familia romana.
Había dejado a su hija Olivia, con su madre, aquella tarde.
Mamy a ¿donde vas esta noche?,- le había preguntado Olivia. Era la primera vez que la dejaba con su madre, pero necesitaba salir y desahogarse. Y nunca mejor que esa ocasión, en la que había quedado con Gabriel para cenar.
Se había divorciado hacía tres meses, y no lo pasó nada bien, fue un autentico infierno lo que aconteció por culpa de su ex marido.
Su hija le ayudó muchísimo, hasta tal punto que tuvo que declarar en contra de su progenitor en el juicio, debido al rapto del que fue víctima.
Francesca lo odiaba como nunca había odiado a nadie. Pero gracias a Dios, como ella decía, todo estaba olvidado, y ahora vivía en otra ciudad y rehaciendo su vida.
Era una mujer muy atractiva, de ojos rasgados y de color castaño, tenía unos dientes perfectamente unidos y blancos como la nieve, una boca que iluminaba su cara, con labios perfectamente marcados y finos, era muy alta y llamaba la atención, trabajó en una revista de moda durante casi tres años. Tuvo que dejarlo como consecuencia del mal trago que estaba soportando. Pero en ningún momento especuló en dejar el trabajo.
Tenía unas dotes ejemplares, era una perfecta ama de casa, y una estupenda madre. En el fondo su ex marido la odiaba precisamente por eso.
Él fue siempre todo lo contrario, hombre mal humorado, sin pensar nunca en su mujer ni en su familia y sobre todo muy trasnochador.
Se quitó la camisa y luego el pantalón, quedándose en bragas y sujetador. Se sabía hermosa, con unos pechos altos y redondos, aparentaba una mujer de veinticinco años, con su cinturita de avispa, la talla treinta y cinco le estaba perfecta. Casi siempre vestía pantalones y camisa, o sino, con trajes ceñidos que le ajustaban como guantes.
Cierto era, que no necesitaba operarse de nada, tan solo con ejercicio diario, le era suficiente para mantenerse. Eso sí madrugaba todos los días para correr por el parque y seguidamente hacer ejercicios de estiramiento, le convencía estar en forma.
Tenía una bonita edad, tan solo cuarenta años, una edad que como comentaba ella, era el umbral de la vida.
Salió de la ducha chorreando, hasta que llegó al tocador. Llevaba una toalla azul marino, que le cubría casi todo el cuerpo. Se secó el pelo con la misma toalla y se quedó desnuda frente al espejo. Era una autentica belleza de mujer, y aún más desnuda que vestida, sus manos eran largas y con dedos muy finos, sus caderas eran estrechas y hermosas, le gustaba andar sin ropa por su casa.
No sabía que ponerse para esa noche, así que fue al armario y lo abrió de par en par.
Hacía tiempo que no cenaba con ningún desconocido, fuera de su casa.
También era cierto que Gabriel no era ningún desconocido, tan solo llevaban juntos dos meses y hoy era una autentica prueba de fuego.
Eligió un traje de príncipe de Gales, se gustaba con él y estaba muy atractiva.
Ya solo le quedaba unos retoques y estaría lista.
A las nueve en punto sonó el timbre de su casa y corrió hacia la puerta.
Allí estaba Gabriel con sus mejores de su sonrisa, le gustaba como sonreía y le fascinaba como miraba.
No sabía ni cuando había pasado por esa misma situación, tan excitante.
En su mano derecha, sujetaba un ramo de flores rosas, eran doce y enormes, cada cual más bonita.
Francesca las cojió y las puso en un jarrón con agua, invitándole a entrar en su casa.
No tenían mucho tiempo, puesto que la cena estaba reservada para las nueve y cuarto de esa misma noche.
Cenaron a la carta, y todo a base de recomendaciones por parte del chef. Pasaron una velada de encanto, hablaron y rieron hasta la saciedad, como nunca, recordaba Francesca.


Cuando salieron del restaurante, Francesca invitó a Gabriel a una copa a su casa. Eran más de las doce de la noche y rebosaba alegría.
Ella abrió la puerta de la vivienda y entraron. Directamente se sentaron en las butacas del salón, un salón muy grande donde estaba la mesa del comedor y junto a él, había una pequeña barra con algunas botellas de licor, entre ellas, whisky, Champagne, y otros tipos de licor de frutas.
Francesca le ofreció una copa a Gabriel y bebieron juntos durante una hora.
Ella se había quitado la chaqueta del traje y se dejaba ver con una blusa de seda y de color azul clara. El estaba con lo mismo pero con una camisa blanca y mantenía la corbata en un perfecto estado de revista.
Continuaron hablando, muy contentos y sentados en uno de los sofás del salón. Fue en uno de sos movimientos de Francesca al reirse cuando Gabriel le sujetó por la espalda con su mano derecha y con la otra la cabeza, la beso apasionadamente en la boca, quedándose los dos tumbados uno encima del otro en el sofá.
Gabriel, había perdido toda su gomina de la cabeza y tenía los pelos tan revueltos, que parecía que había dado una vuelta en moto y sin casco.
Francesca estaba muy excitada y propuso ir directamente a la habitación.

Aquella noche no la olvidaría jamás, hicieron el amor repetidas veces, con pasión y ternura.
A la mitad de la noche, terminaron rendidos uno al lado del otro y no fue hasta las doce del medio día, del día siguiente cuando volvieron a reír.

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