martes, diciembre 13, 2005

Pinocho


Corría el mes de Febrero, nevaba como no lo hacía desde por lo menos cinco años.
Llamó a su marido por teléfono, había roto aguas. Al mismo tiempo pedía un taxi para ir al centro hospitalario más cercano.
A su marido no lo encontró hasta tres horas más tardes, y eso que le dijo que estaría localizable. Siempre estaba ocupado, hasta cuando naciera su hijo.
Mónica, entró abriendo puertas, en una camilla y con una bata blanca. No tenía dolores, pero si estaba empapada. Aquello era un ir y venir de médicos, enfermeras, pacientes, etc.
Le subieron a planta, hasta que su marido apareció por la puerta cuatro horas mas tardes. Parecía que el que estaba a punto de dar a luz era él, pálido y sudoroso. Le dio un beso a su mujer y se relajo. Mónica estaba con contracciones cada vez más fuerte, y a su lado yacía su madre, conocedora del sufrimiento de su hija, pues había pasado por ello nada mas y nada menos que seis veces.
Todo iba sobre lo esperado, no se había adelantado ni un día y si todo transcurría sobre lo previsto, Mónica daría a luz a un niño, que llevaría por nombre Isaac.
Después de tres horas y media de intervención, anestesias y salas de prepartos y pospartos, Isaac hizo su aparición.
Nació el mismo día que su madre un ocho de febrero de aquel año.
Era muy pelón y llorón, pero parecía muy guapo, eso decían sus padres.
Se convirtió en el primogénito y como tal, hizo mucha ilusión a su familia.
Cuando cumplió casi el año y medio nació su hermana, Sara. Muy regordeta y feúcha, pero divertida.
Isaac ni se dio cuenta claro, hasta que tuvieron seis y ocho años respectivamente.
Su madre les bestia igual para salir a la calle, cosa que no le gustaba a Isaac. Él tenía su propia personalidad y era muy independiente. Tenían sus peleas, propias de hermanos. Pero en el fondo se llevaban bien y se querían mucho.
Un día por navidad salieron todos juntos a pasear por el centro de la ciudad, puesto que vivían a las afueras y para ellos el ir a corretear a la ciudad les hacía muy alegres.
Doblando la esquina de la calle principal, se oía a un titiritero haciendo bailar a su marioneta con seis cuerdas. Dos le colgaban de los hombros, otras dos de los brazos y por último le salían otros dos hilos de los pies.
Isaac se dio cuenta de aquel espectáculo y en un despiste de su madre, aprovechó alejándose por un instante.
No había mucha gente observando aquella representación.
Isaac lo miraba ensimismado, se preguntaba como podía manejar ese hombre aquella marioneta con una sola mano y con seis cuerdas.
Cada vez se iban agolpando mas gente y más niños.
La marioneta se llamaba Pinocho, le colgaba una placa con su nombre del cuello y tenía una espectacular nariz de la que todos los niños se burlaban.
Pinocho vestía una camisa roja con tirantes y un pantalón corto que se le podían ver las piernas de madera. ¡Que frió estará pasando¡, - pensó Isaac.
A su lado estaba su abuelo, con una barba blanca y un martillo en su mano derecha. Parecía carpintero, - observó Isaac, por el tipo de herramientas que posaban a su lado.
Pero ¿porqué tendría la nariz tan larga Pinocho?,- se preguntaba una y otra vez, sin hallar respuesta.
Pinocho bailaba al son de una melodía que tocaba una caja de música situada detrás del titiritero. Los niños reían, pero Isaac estaba absorto, no le gustaba esa situación. Necesitaba que alguien le explicara del porqué la nariz de Pinocho. Por mas que miraba al su alrededor no encontraba respuesta.
Se había levantado viento y empezaba a hacer frío. Isaac se abrigó sin dejar de ver la actuación. Le estaba impresionando y no podía de dejar de mirar a aquel niño de madera con la nariz más grande que él nunca había visto.
Isaac, Isaac, oyó a su madre que le llamaba. ¿Dónde estabas?, - preguntó su madre.
Estoy mirando a Pinocho, - contesto Isaac sin volver la mirada hacia su madre. Quisiera que me explicaras una cosa amá, - pregunto Isaac.
Dime, ¿qué es lo que quieres saber? .- interrogó Mónica con interés.
¿Porqué Pinocho tiene una nariz de madera y muy grande?.- volvió a preguntar Isaac, convencido de que su madre le daría la respuesta correcta.
Mira Isaac, tan solo tienes diez años, - empezó diciendo su madre, pero te voy a decir una cosa.
En la vida siempre debes de ser tú mismo, hacer lo que realmente te dicte el corazón, pero sobre todo nunca, nunca debes de mentir. Tienes que decir la verdad siempre, aunque en ello salgas perjudicado.
Si haces lo que tu madre te dice, nunca te ocurrirá nada y sobre todo nunca te crecerá la nariz como a Pinocho.
Isaac, escuchó a su madre atentamente, y dando un giro de noventa grados, se despidió y sonrió a Pinocho.




1 comentario:

Willie dijo...

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