jueves, diciembre 15, 2005

Los Reyes Magos de Oriente


Se había acostado pronto, incluso antes que otros días. Aquella iba a ser una noche muy especial.
Lo tenía todo preparado, justo la semana pasada fue a correos y envió la carta, lo hizo con tiempo, ya que como él, había muchos niños esperando.
Escribió la carta como si de un examen se tratara y la letra era perfectamente clara como él sabia hacerlo.
Cuando regresó a casa, en una tarde gris y lluviosa, propia del mes de enero, lo primero que hizo fue quitarse los zapatos. Estaban bastante sucios de los charcos que había pisado hasta llegar a su casa.
Los frotó con un paño viejo que encontró en la despensa y los preparó junto a los de su hermana, debajo del árbol de navidad, que su madre había decorado sin dejar pasar ningún detalle.
Más tarde, a su padre le pidió una copa de anís, sabía que a los Reyes de Oriente les gustaba el anís, no se acordaba donde lo había leído.
Cogió la copa que su padre le dio y la dejó con mucho cuidado y con esmero junto al árbol, en una mesa redonda donde antes dejaban las llaves y que ahora hacía las funciones de mesita de noche.
Cenó muy rápido y muy ligero, siempre pensativo y distraído. Lo tenía todo controlado, o así es lo que creía.
A las nueve y media de la noche se despidió con un fuerte abrazo y un beso, de su padre y de su madre, también hizo lo propio con su hermana la mayor. Parecía que se iba algún sitio y nunca volvería, y así era, ahora le tocaba soñar profundamente.
Subió a su habitación, despacio y observando por última vez el árbol de la alegría, con sus zapatos y la copa de anís.
De repente se paró en la mitad de las escaleras y retrocedió rápidamente hasta el árbol. Se dio cuenta que no había dejado el suficiente espacio como para que entraran todos los regalos que él había pedido. Separando un poco de aquí y otro poco de allí, consiguió hacer un hueco mayor, ya estaba listo.

Ahora sí y con una sonrisa de oreja a oreja, volvió a subir los peldaños de la escalera hasta su habitación.
Descubrió la cama y se introdujo dentro, cerró los ojos y cayó profundamente dormido. Se durmió soñando que era el niño más feliz del mundo, con unos padres maravillosos y una hermana a la que quería con locura.
A la mañana siguiente, amaneció como otros días, lloviendo y con mucho frío. Entraba un haz de luz de entre las rendijas de la persiana lo suficientemente intensa como para despertarle.
Saltó de la cama y bajó las escaleras con tal entusiasmo que casi se cae rodando por ellas. Cuando terminó de bajar las escaleras, abrió la puerta que comunicaba con el hall y donde se encontraba el árbol. Y... , no se lo podía creer. No se veían los zapatos y la copa estaba totalmente vacía. Le impresionó más el que los Reyes Magos de Oriente hubieran pasado por su casa que realmente los regalos que le habían dejado.
¿Como era posible que supieran donde vivía y…, por dónde habrían entrado? No halló ninguna respuesta pero tampoco era momentos de indagaciones, así que se acercó más y con mucho sigilo, por si todavía encontraba algún rey o incluso a Baltasar por la cocina.

Con nerviosismo y rebosante de alegría, comenzó a desenvolver los regalos. No tenía paciencia y acabó rasgando los papeles con los dientes.
Su madre apareció en seguida y en cuanto la vio se abrazó a ella como si llevaba tiempo sin verla.
Ama soy el niño más feliz del mundo y te quiero muchísimo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hoy estas especialmente sensiblon. Llega la navidad eh!