miércoles, diciembre 28, 2005

El ruido


Era demasiado temprano para que estuviera levantado, angustiado bajaba las escaleras de su casa. Estaba oscuro, solo una pequeña rendija permitía la entrada de un haz de luz entre las persianas de su cuarto.
Tenia cinco años y rebosaba felicidad, rubio y muy alto para su edad.
Había dormido casi durante toda la noche, hasta que le despertó ese maldito ruido. Soñaba en abundancia, le gustaba, pero a veces le llegaba a molestar.
Se bajó de la litera, con mucho sigilo para no despertar a su hermano, por las escaleras blancas. Dormían en literas y a él le había tocado dormir en la de arriba. No le importaba, así podía ver las cosas mejor.
Era mayor que su hermano Guillermo, solo año y medio.
Anduvo a oscuras por la habitación, hasta que se encontró con la puerta. Solía cerrarla, ya que la luz no le dejaba conciliar el sueño. Asió el pomo y giró despacio hacia la derecha, clic, la puerta se abrió. Miro atrás, Guillermo descansaba placidamente.
Desde su cuarto hasta las escaleras había un largo pasillo que debía cruzar, caminaba descalzo, para que nadie pudiera oírle. Alcanzó las escaleras, el ruido era permanente y a medida que se acercaba a él, era más intenso. No tenía ni la más remota idea de lo que podía ser, quizá había entrado alguien por la ventana o por la puerta, - reflexionó,
Agarandose a la barandilla, se hizo con el primer escalón, y así sucesivamente hasta llegar al final de las escaleras. El ruido era incesante. Pero era valiente y tenaz. Desde muy pequeñito su madre tenía que frenarle y obligarle a contener y descansar en muchas ocasiones.
Sin darse cuenta golpeó con su codo derecho a una figurita de porcelana que su madre tenía colocada en la cómoda del hall.
>>Esa figura no estaba ayer, de ser así la hubiera esquivado<<, - se dijo. Conocía a la perfección todos los detalles de su casa, desde dónde guardaba su madre la ropa, hasta el número de relojes de la colección de su padre que habitaban en la casa, y su situación. La figurita de porcelana cayó tímidamente sobre la moqueta granate del hall, pero no hizo ruido alguno. La habían traído de un viaje que hicieron sus padres hacía ya algún tiempo. Se asustó, flexionó sus rodillas y la colocó en el mismo lugar de donde se había caído. Aquel ruido le recordaba algo, no sabía el qué, pero estaba convencido de que le era muy familiar. Llevaba puesto un pijama azul de soldaditos con todo tipo de detalles, el ejercito se componía de varios militares de artillería con sus cañones y otros corrían a pie y a caballo con sus fusiles y sables. Se lo habían traído los Reyes Magos, la navidad del año pasado. Aunque estaba creciendo, todavía le estaba bien de largura, y le resultaba de lo más calientito y cómodo para dormir. Continuó despacio, apoyándose en la moqueta, con dirección a la puerta del salón. El ruido era cada vez más fuerte, seguía pensando, pero no daba con ello. En un principio se le ocurrió que podría ser el gato del vecino de al lado. Pero posteriormente lo descartó, ya que lo había atropellado un coche, hacia unos meses. En el rincón de la derecha, descansaba un gran reloj de pared de aproximadamente dos metros y medio de altura y de madera de palo santo. Le encantaba ese reloj, su padre lo había adquirido en un anticuario. Les costó mucho trabajo descargarlo, le había tocado ver como lo depositaban, un día que se quedó en casa a causa de una gripe. Su sonería era perfecta y dulce, y además tocaba todos los cuartos. Quedaban apenas cinco minutos para que volviera a sonar, eran las tres y diez de la madrugada. A su izquierda estaba el cuarto de sus padres, dormían profundamente, y enfrente la puerta del salón de donde salía el maldito ruido. Acercó su mano derecha con timidez hasta la manilla, hasta que consiguió abrirla. En ese instante el ruido cesó, como si alguien le hubiera visto entrar. Miró alrededor y allí estaban dos pequeños ratoncitos jugando entre ellos como si no pasara la noche para ellos. Cerro la puerta y más tranquilo empezó a subir las escaleras, cuando estaba arriba, comenzó a sonar el reloj, y sin más se sentó en la moqueta y esperó a que terminara su melodía.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Sin despreciar los demas, creo que es el mejor relato que te he leido.