viernes, diciembre 23, 2005

El indigente


Deambulaba por las calles gélidas y desiertas de la ciudad. El frío rezaba intenso y sensible para cualquier ser humano de la faz de la tierra. La noche era siniestra y oscura, ni la luna quiso hacer su aparición. Apenas unos vehículos formaban cola en el semáforo de la esquina, del que colgaban unos carámbanos largos y puntiagudos. Parecían estufas a juzgar del humo que salía de sus potentes tubos de escape. La niebla se adueñaba lentamente de la paz de la ciudad.
Llevaba puestos unos pantalones de pana marrón y una camisa de cuadros roja y verde. Por encima una manta sucia y descosida por los cuatro costados, y sobre su cabeza un gorro de lana haciendo juego con sus pantalones.
Apoyado en su carro le resultaba difícil dar un paso más, le quedaba el último repecho antes de llegar a su casa con jardín. Un jardín lleno de flores hermosas y de pétalos rosas como a él siempre le gustó.
Miraba a derecha e izquierda, buscaba su sofá y su butaca de cuero de color tierra, que tanto cariño les tenía y la chimenea a la que acudía para encenderla tanto de día como de noche para calentarse. Buscaba paz y alegría donde poder pasar las navidades con su mujer y sus hijos. Necesitaba de su amigo a quien poder confiarle lo que le estaba sucediendo.
Pero no halló a nadie ni a nada. Tan solo un rincón bajo una tejavana donde instalar sus cartones y poder dormir algo en esa noche de Navidad.

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